Número 232

DISEÑO RECORTADO
En España, a la autoridad competente nunca le ha importado un pimiento el diseño, ni siquiera en estos tiempos recientes en que se rezaban los mantras del cambio de modelo productivo, la innovación, la sostenibilidad y demás jaculatorias. Ni en estos ni en los de antes ni en los de antes de antes, y tanto montan gobiernos municipales como autonómicos como centrales. Pues menos caso le van a hacer ahora: aunque su eco en la prensa ha sido mínimo –otra pista de por qué a los gobiernos les interesa tan poco–, el Plan de Racionalización del Sector Público aprobado por el Gobierno el pasado 30 de abril se carga al DDI, la sociedad estatal dependiente del Ministerio de Ciencia e Innovación encargada de la promoción del diseño. En fecha aún no precisa –“en los próximos meses”, dice la nota publicada en su web– , el DDI será fagocitado por ENISA, una empresa estatal controlada por el Ministerio de Industria y Energía que define su objetivo con esta pastosa prosa administrativa: “proporcionar a las pequeñas y medianas empresas instrumentos y fórmulas de financiación a largo plazo que le permitan reforzar sus estructuras financieras”. Churras engullendo merinas.
Por derecho: desaparece como tal el único organismo de la administración exclusivamente dedicado al diseño. Insisto, en la prensa ha dejado algo de revuelo la degradación administrativa, prevista por el mismo Plan, de la Biblioteca Nacional, que deja de ser Dirección General –y ha provocado la muy digna dimisión de su directora en señal de disconformidad–; pero de la extinción del DDI –al menos la Biblioteca conserva su visibilidad y su integridad institucional– apenas nada: un buen testimonio del verdadero prestigio cultural del diseño en nuestro país, que sólo interesa a la prensa no especialista en sus aspectos más epidérmicos, cansinos, banales, bobos. El recorte se lleva por delante la ya precaria presencia efectiva del diseño en la administración ante la indiferencia general, lo que a nadie puede sorprender demasiado.
Más preocupante sería que los profesionales, las asociaciones y las maltrechas terminales del sector en la sociedad civil no levantaran la voz, siquiera con valor testimonial. Suele repetirse que las crisis tienen la virtud de poner algunas cosas en su sitio. Esta ya ha puesto de relieve cuál es el verdadero valor del diseño para las instituciones: el de un espejismo prescindible, un barniz, un lacito. Por lo menos ya sabemos qué terreno pisamos.
José María Faerna
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