Número 232

DAR CAÑA
Ya no hay crítica. No hago más que oírlo por todas partes, especialmente a quienes les tocaría por oficio ser objeto de ella, se ve que la echan de menos. No hay semana sin artículo en la prensa de algún escritor que pontifica sobre la inanidad de la crítica en los medios que, por cierto, siempre hablan bien de él. Si alguna vez (rara) se diera el caso de que hablen mal, estaríamos asistiendo a una injusticia, a un ajuste de cuentas, a una venganza personal. A mi me lo dicen mucho los diseñadores y los arquitectos, que las revistas del ramo somos muy blandas, que no damos caña. Siempre les expreso mi consternación y mi propósito de enmienda, así como la solemne promesa de no empezar la degollina por ellos una vez puesto el cuchillo entre los dientes.
Aunque hay casos documentados de masoquismo, uno ya cuenta con que cuando te piden sangre esperan que el látigo descargue siempre sobre el lomo del prójimo; son los mismos que dicen “la gente no entiende”, “a la gente no le gusta”. Ya dijo el clásico que el infierno son los otros; la gente también. Si el alegato me pilla de otro humor también digo que no sé a qué revista se refieren, porque en ésta nadie se corta y cada cual se despacha como le parece. Tampoco nos conformamos con todo lo que circula, y puedo demostrarlo. Pero eso no importa mucho, de hecho voy a darle la razón al escritor del principio cuando le vienen mal dadas. Que la crítica entendida como fusilamiento al amanecer goce de un halo de romántica añoranza es fruto de un malentendido o de simple ignorancia.
Quienes antaño manejaban la pluma como gancho de matarife lo hundían en el gañote de las vanguardias, como aquel conde de Nieuwekerke que en la Francia del Segundo Imperio arremetía contra la pintura moderna diciendo que era “obra de demócratas, de gente que no se cambia de camisa”. La crítica encarnizada siempre ha sido reaccionaria, cosa de señoritos que veían cómo les movían la tierra bajo los pies. Entonces al menos hacía algo, aunque fuera daño. Hoy, cuando se da, son lanzadas a moro muerto. Poner a parir a Santiago Calatrava, pongamos por caso, o a los arquitectos estrella que vienen de lejos es gratis, pura inanidad, como regar en un charco. Tirar de cuchillo no es más que sacar a pasear prejuicios, y si para algo debiera servir la crítica es para neutralizarlos. Aquí estamos para ayudar a entender lo que pasa, no para cavar trincheras ni para apuntalar las apariencias. Más bien para mostrar que no (siempre) son lo que parecen.
José María Faerna
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