Número 232

QUE VUELVAN TAMBIÉN LAS HERMANAS GILDA
Volvemos a mirar a los sesenta, una década intensa que ya ha sido objeto de revivals diversos en los últimos treinta años. Pero ahora se cumple medio siglo de su inicio, demasiado tiempo para lo que se estila en los revivals; por eso seguramente la mirada tiene un significado algo distinto que, por ejemplo, cuando se recuperaban aquellos años en los ochenta. Entonces se buscaba una época amiga, reivindicada como origen reciente de una modernidad renovada, unos años que quedaban cerca, casi al alcance de la mano. Ahora esa mirada parece menos ideológica que formal: no se recuperan ideas ni conductas, se revisan imágenes, quizá porque este episodio último de fascinación neosesentera ha hecho masa crítica en el cine. Dos películas muy celebradas de esta temporada, A single man, el sorprendente debut cinematográfico del diseñador de moda Tom Ford, y An Education, de Lone Scherfig, se suman a Mad Men, la última serie televisiva de culto, en la recreación minuciosa de ambientes de los primeros sesenta (al trío podría añadírsele, a título de bonus estupefaciente, A Serious Man, última entrega de los hermanos Coen que, a su inconfundible manera, recala en años algo más tardíos de la década).
Sólo la serie de televisión es un verdadero retrato de época, y es una evocación más bien brutal, nada nostálgica. En las dos películas el marco histórico es meramente accidental, viene dado por los libros que adaptan sus guiones –una novela de Cristopher Isherwood, en el caso de Ford, y un episodio juvenil de las memorias de la periodista británica Lynn Barber, en el de Scherfig–, pero podría haberse cambiado sin mayores problemas. Tan refinado esfuerzo de dirección artística, de vestuario, interiores y ambientes no obedece tanto a un afán de reconstrucción histórica como a la elección de un marco estético donde las historias que se cuentan reverberen de forma adecuada. Historias tristes, que van de la amargura en sordina de Ford-Isherwood a la acidez, más chispeante pero nada confortable, de Scherfig-Barber. Llama la atención ese contraste del relato desasosegante con la mirada fascinada a las ropas, los muebles y los espacios donde se produce; especialmente en la película de Tom Ford, hecha con manifiesta vocación de convertirse en imán trendy.
En otras reencarnaciones, los sesenta eran años felices, o por lo menos ingenuos. Estos de ahora no son una proyección ideal del deseo, que es lo que suelen vender los revivals, sino una metáfora retrospectiva y realista de nuestros fantasmas presentes: historias de desamparo en un mundo hipnotizado por el vintage. Es significativo que la magnífica casa californiana que habita el personaje de Colin Firth en la película de Ford no sea de los sesenta, sino una obra maestra de John Lautner –la casa Schaffer– firmada en 1949. Su planta abierta al exterior, sus vidrieras batientes, podrían ser arquitectura de hoy, pero sus interiores panelados, su mobiliario pre-Hermann Miller rezuman olor de época y satisfacen la reivindicación de la madera y las texturas naturales que ahora mismo marca el camino. También el estafador que seduce a la adorable Carey Mulligan y sus compinches viven en una señorial terrace de Kensington, rodeados de antigüedades, como buenos parvenus. Qué curiosos estos sesenta decadentes y cenizos, amputados de la soltura pop. Ya que estamos, podríamos aprovechar el tirón y reivindicar aquellos interiores estilizados, esquemáticos e inspiradores –aparadores de patas cónicas, mesitas rinconeras de ágil estructura metálica– del apartamento en que el inmortal Vázquez instaló a las hermanas Gilda, las solteronas más políticamente incorrectas que ha dado el cómic español. Todos asociamos con esos años a Leovigilda la implacable y a Hermenegilda la panoli, aunque Vázquez empezó a dibujarlas mucho antes. Es verdad que, a nada que se rasque, debajo de Leo y Herme también aflora mucha mala leche, pero al menos no las pusieron a vivir en un caserón funerario.
José María Faerna
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