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SALIR A LA TERRAZA

Si un arquitecto se ve en la necesidad de intervenir, aunque sea levemente, en un edificio histórico, ya sabe que va a tener que argumentar cada una de sus decisión ante puntillosas comisiones de patrimonio. Si un comerciante le pide a un interiorista un proyecto de reforma de su local y este es parte de un edificio o un espacio urbano sometido a especial protección deberá tentarse la ropa antes de alterar huecos, colgar rótulos o cualquier actuación que afecte a elementos fijos. Si un particular quiere cambiar las carpinterías o los cerramientos de sus ventanas en un edificio de estas características se las verá y se las deseará con esos mismos guardianes de la norma y el patrimonio.

 

 

En cambio, si un hostelero quiere poner una terraza en un espacio urbano tan hiperprotegido como cualquiera de los mencionados, bastará con que pague y calle: nadie va a pedirle demasiadas explicaciones por lo que ponga ahí, así sean esos hórridos soportes publicitarios que pretenden pasar por sillas sólo porque uno puede eventualmente sentarse y recocerse en ellos. La idea de que se trata de intervenciones temporales que se recogen por la noche y se despliegan por la mañana parece suficiente como para que todos los melindres municipales se vuelvan mangas muy anchas para recaudar mejor, como si la contaminación visual no afectara a la integridad de un espacio urbano o natural cualificado.

 

 

Que las cosas no tendrían porqué ser así lo demuestra con hechos Ones, una exposición poco común promovida por la Federación Empresarial de Hostelería de Valencia y comisariada por Carmen Baselga que se vio en Valencia en febrero. Los hosteleros convocaban a diseñadores y empresas locales, que presentaban propuestas para responder a los desafíos funcionales y representativos que una terraza urbana pone encima de la mesa, y el montaje de Carmen Baselga construía con ellas una propuesta unitaria: un prototipo de terraza instalado en un entorno tan comprometido como el reconstruido Patio del Embajador Vich, una reliquia renacentista instalada en el Museo de Bellas Artes de la ciudad. Un experimento y no precisamente con gaseosa. Es un secreto a voces que lo local bien entendido siempre tiene valor global, y una iniciativa como esta –hosteleros valencianos, empresas valencianas, diseñadores valencianos- bien merecería verse en cualquier otro lugar, cosa que, por cierto, es posible en casi todos sus detalles gracias a su espléndida versión on line.

 

 

Ones integra proyectos tan diversos como un suelo técnico desarrollado por Tau Cerámica que preserva el pavimento del impacto de la terraza, alberga discretamente conductos e instalaciones y admite calefacción –el fin de esas abrumadoras estufas de emisión directa que hacen habitables las terrazas en invierno-; un proyecto decorativo de Lladró; una mesa con un ingenioso mecanismo de ajuste que resuelve la inestabilidad en suelos irregulares –se acabaron las mesas cojas-; un set de porcelana de Carlos Tíscar para servir tapas optimizando espacio; una propuesta de textil técnico para mantelerías de exterior, o un concepto diferente de uniformes para camareros. Menciono estos proyectos porque han sido desarrollados específicamente para la exposición, pero hay también productos seleccionados del catálogo de empresas como Andreu World o Samoa.

 

 

Si los hosteleros valencianos han sabido ver lo que el buen diseño puede hacer por ellos y, de paso, por su ciudad, cabe preguntarse a qué esperan las instituciones que se supone que cobran impuestos para ello. Sólo se echaba de menos la opción de tomarse una cervecita en el patio, a la luna de Valencia y a la salud del Embajador Vich y de los responsables de semejante concentración de ingenio al servicio de la buena vida. Ahora que asoma el calorcillo de la primavera, igual alguien tiene la cortesía de hacerlo realidad en algún otro lugar. Brindo por ello.
 

José María Faerna

 



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