Número 232

LA SUSTANCIA DEL DISEÑO ES LA PARADOJA
Lo he contado alguna vez en esta página: un ejecutivo de la división comercial de una importante empresa de electrodomésticos me enseñaba un nuevo modelo de aspiradora particularmente llamativo. Bien oiréis lo que dirá: “Ya habíamos conseguido que la aspiradora funcionase bastante bien, así que decidimos añadirle algo de diseño”. Naturalmente, que la aspiradora funcionase adecuadamente no debía de parecerle ese tipo de asunto que uno confía a un diseñador, esa gente que no hace más que enredar. Sin embargo, diez de cada diez diseñadores a los que uno pregunte en qué consiste su trabajo incluirán en algún momento la frase “resolver problemas de uso”, y diez
de cada diez usuarios de un objeto a los que uno pregunte por su diseño responderán, si no les gusta, que “no es funcional”; pero si les gusta, seguro que dicen que es “muy bonito”. Sí, sí, ya oigo a los diseñadores clamando al cielo: “¡Styling, eso es styling, no diseño!”.
Pero la cruda realidad es que, aunque lo llamen amor, lo que las empresas suelen querer del diseño es sexo. Sobre el filo de paradojas de este tipo construye su último y muy recomendable libro Deyan Sudjic, director del Design Museum de Londres –el más espiritoso y menos prescindible de los museos de diseño surgidos como hongos en las últimas décadas– y arquitecto que, con suave retranca británica, atribuye a su falta de paciencia para la arquitectura su dedicación al periodismo y la crítica. Si retroceden unas páginas encontrarán un animado anticipo en primera persona en la entrevista que le hicimos a su paso por Madrid para presentar el libro, titulado El lenguaje de las cosas y editado en España por Turner Noema (muy bien, por cierto, a diferencia del anterior, el también interesante La arquitectura del poder, al que se infligió una de esas traducciones que prodiga la edición española con preocupante frecuencia). En ninguna otra época tuvimos tantas cosas como en esta, “aun cuando hagamos cada vez menos uso de ellas”, dice Sudjic. Una inflación y una hinchazón contra la que los diseñadores nos previenen a menudo, por más que la industria recurra a ellos sobre todo para incrementarla. Sudjic desmenuza esa paradoja
en un triple recorrido tan erudito como entretenido por las relaciones del diseño con el lujo, la moda y el arte (especialmente lúcido este último capítulo, que desmonta las patrañas del design art de última generación a la vez que muestra con claridad la complejidad y el potencial de un matrimonio tan fructífero como mal avenido).
Tres territorios en aparente contradicción con las aspiraciones industriales y masivas de la disciplina, pero en los que el diseño está inexorablemente abocado a jugar. En los tres, otra paradoja más: cuanto más manifiestamente útil resulta un objeto, menos valor se le concede como producto cultural. La mirada levemente escéptica con que Sudjic se pasea por el inflado universo de los objetos contemporáneos lo aleja tanto del tostón apocalíptico como de la mansa complacencia o de los tópicos de ocasión. Por ejemplo: “Puesto que el diseño es en sí mismo producto del sistema industrial, la idea de hacer de él un instrumento crítico –lo cual conlleva la creación de objetos que se distancien del sistema que los hace posibles– resulta una proposición paradójica. Es como si una campaña de publicidad se manifestase crítica hacia la idea de la publicidad (aunque hay bastante gente dispuesta a intentarlo)” (pág. 190). Dicho de otro modo, que el diseño juega siempre de visitante. O sea, la vida misma.
José María Faerna
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