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Número 218

Diseno Interior
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DOS LOFTS EN MANHATTAN

Buenas noticias: Woody Allen ha superado la enajenación mental transitoria que –como a aquel personaje suyo de Todos dicen I love you, defensor repentino y entusiasta de la inyección letal y la Asociación Nacional del Rifle por culpa de un coágulo en el cerebro– lo había llevado a hacer postales y pasteles en Barcelona bajo pedido. Ha sido volver a rodar en Manhattan y deshacerse el coágulo como un azucarillo. Como su personaje volvía a la senda de su familia de millonarios liberales, vuelve Allen a dispensar ácido humor judío solapadamente sentimental, de ese con el que no se come una rosca al otro lado del Atlántico pero le ha consagrado como estrella en Europa. La película se llama Whatever works –aquí traducido por “Si la cosa funciona”, aunque lo justo hubiera sido “Cualquier cosa que funcione”, o “Con tal que funcione”–  y el personaje Boris Yellnikov, un físico neurótico, fallido candidato al Nobel y suicida chapucero que sufre ataques de pánico, tiene que ir a urgencias para que los médicos lo convenzan de que una picadura de mosquito no es un melanoma y desprecia a casi todo el género humano con la excepción –no siempre garantizada– de unos pocos amigos.

Boris –interpretado por Larry David,
la mejor encarnación del sempiterno personaje de Allen desde que éste ha decidido que ya está viejo para hacerlo– ha tirado por la borda su carrera académica y su matrimonio con una mujer brillante y rica, y se ha tirado él mismo por la ventana con escaso éxito. Abocado al downshifting, ahora se gana la vida enseñando ajedrez a niños, o más bien pisoteando su embrionaria autoestima (la de los niños) mientras hace que les enseña ajedrez. No cuento más; si les gusta el Woody Allen de toda la vida y aún no la han visto, no se la pierdan. Quería yo llamar la atención sobre dos interiores significativos que polarizan la película: las dos casas de Boris, escenario de sus dos momentos vitales, antes y después de su cambio de vida. A pesar de las apariencias, Boris es un tipo con más suerte en la vida que en sus chuscos intentos de quitársela; de hecho, la película, además de muy divertida, es reconfortante sin ser exactamente optimista.

La primera casa es un dúplex blanco y sofisticadamente racionalista, con cocina lujosa y conservador de vinos de gama alta al fondo, donde Boris vive sus años de esplendor insatisfecho con su primera mujer. No es un loft, más bien lo imagina uno en el Upper East Side, pero de algún modo quiere parecerlo. La segunda sí es un loft, un espacio industrial cochambroso –quizá de los del Meatpacking district antes de que se empezara a poner irresistiblemente de moda–, atestado de muebles desparejos rescatados de la basura o de mercadillos ínfimos, aunque siempre habrá quien esté dispuesto a calificarlos de vintage, ese adjetivo memo donde los haya. Esa oposición tan evidente está subrayada por una estructura común –doble altura, escalera y entreplanta dispuestas transversalmente– que no hace sino poner en escena un paralelismo significativo. La primera resulta un lugar tan manifiestamente antipático como acogedor la segunda, donde Boris vivirá algo parecido a una felicidad encontrada por azar. Azar, sí; esa es la clave: una es un espacio donde no hay lugar para la sorpresa, donde nada nuevo puede surgir; la otra es un escenario abierto, un receptáculo construido por las cicatrices que la vida va dejando en él, donde viejos archivadores herrumbrosos de oficina hacen de mesilla de noche o de mueble auxiliar, donde ha pasado de todo y aún pueden pasar cosas que nunca imaginarían anteriores inquilinos, donde sólo hay tiempo pero ni un átomo de moda. Y mucho más barato, claro. Con tal que funcione.

José María Faerna

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