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Número 232

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SOBREDISEÑAR

 

En alguno de sus siempre instructivos ensayos, Oscar Tusquets da cuenta de su aversión gruñona al escalímetro, esa regla de tres posiciones utilizada por arquitectos y diseñadores que permite medir en distintas escalas. A Tusquets, según recuerdo, le parecía un recurso de perezosos, un modo de escaquearse de hacer una sencilla operación matemática que, además, es fuente habitual de errores cuando se apoya inadvertidamente la cara que no corresponde. ¿Por qué delegar en un objeto el control de una operación que puede uno hacer fácilmente sin su ayuda renunciando así a la conciencia clara de la correspondencia de escalas, tan delicada siempre cuando se trata de proyectar objetos y lugares? Cuando lo leí me pareció una observación aguda, como suelen serlo las suyas, pero un punto maniática.

 

Me he acordado de ello al encontrarme con el prototipo de una muy seductora e ingeniosa regla electrónica ideada en Berlín por dos jóvenes diseñadores israelíes, Shay Shafranek y Oded Webman (todo el proyecto está muy bien explicado en su web), apenas un rectángulo de madera de mínimo espesor que busca la proximidad familiar de las reglas escolares de siempre. La madera es, en realidad un interfaz, una delgadísma lámina que oculta los circuitos impresos, el display luminoso y el botón on/off, un icono mínimo en el extremo que evoca el tradicional hueco para colgar. Cuando se activa, el contador luminoso trasluce delicadamente bajo la lámina. En lugar de la escala milimetrada, el canto presenta una línea de resistencias que, al pasar el lápiz por ellas, altera el voltaje del sistema, de modo que en el display luminoso va apareciendo la medida creciente o decreciente de la línea que trazamos. La regla funciona también como escalímetro universal, porque el aparato memoriza cualquier distancia que establezcamos previamente como unidad de cuenta. En fin, una monada; caprichoso como soy, yo ya me estoy agitando a ver si hay manera de hacerse con una.

 

Miro a hurtadillas mi humilde regla milimetrada de metal aparcada en un rincón de la mesa, tan silenciosa, y de repente caigo en la cuenta de que ni siquiera necesito arrimarle el lápiz para ver lo que mide la línea que voy a hacer. No se ilumina ante mis ojos de modo misterioso, pero en un vistazo me muestra sin más todas las fracciones de distancia comprendidas en esa línea que aún no he trazado, y aun las de las que podría trazar en su lugar. Intento recordar cuánto hace que está conmigo y cuánto me costó y no lo consigo, ya se sabe que nuestro cerebro tiende a eliminar la información irrelevante. Me acuerdo de ese pequeño escalímetro tan simpático que llevo en el bolsillo y que nunca uso y decido escribir este editorial como penitencia. Larga vida a los maniáticos y a los gruñones. Están llamados a salvar la Tierra.

José María Faerna

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