Número 232

DISEÑO APOCADO
Hay mucha gente que cree que una tendencia es lo que los medios decimos que es una tendencia. En ese caso, si me fío de lo que leo un día sí y otro también, la última tendencia del diseño de interiores se llama vamos a dejarnos de tonterías y hagamos cosas serias de una vez, o se acabaron las extravagancias, o más de lo mismo que no está el horno para bollos. Denominaciones muy largas para titular secciones de tendencias en la prensa, así que afinemos –¿no se trata de adelgazar, de despojarse y penar por los pecados de la abundancia en estos tiempos de crisis?– en el etiquetado de este nuevo diseño expiatorio y apocado que se encoge y pide perdón por su mala vida anterior. Encogerse, esa es la clave; hablemos entonces de shrinking, que ese sí que es un gerundio a la altura del bautismo de tendencias.
¿Tan raro es encogerse cuando vienen mal dadas, como ahora? Nada raro, no señor. Pero una cosa es una reacción refleja, previsible y más o menos dominante y otra un síntoma de tendencia que merezca ser destacado, subrayado y, al fin, promovido, como hacen los profetas del shrinking incluso aunque no sea ese su propósito. En el fondo late alguna falacia y algunas confusiones. La falacia del diseño útil, por ejemplo, esa que alimenta las habituales reclamaciones a los diseñadores de que se centren en resolver problemas funcionales, como si lo funcional no fuera más un punto de partida que un objetivo de su trabajo (decir que el diseño debe ser útil es tan inane como proclamar que las piernas sirven para andar; sobre falacia, tautología). O las confusiones que derivan del alcance demasiado amplio del término diseño que, como nos decía hace poco Fabio Novembre, “hoy es mucho menos industrial de lo que creemos. Lámparas y mobiliario se producen en series limitadas que no tienen impacto en la vida diaria. Los productos tecnológicos son los que realmente hacen la diferencia. El iPhone, por ejemplo, del que en menos de dos años se han vendido más de 17 millones”. ¿Es encogimiento, penitencia y circunspección lo que sugieren los menús que se despliegan con el aleteo de un dedo en la pantalla del iPhone? Ha pasado el tiempo de frivolidades decorativas y barrocas, dicen; pero Frank Tjepema también nos contaba que “la producción asistida por ordenador ha hecho posible reintroducir decoraciones muy detalladas. Como está tan ligada a la tecnología, no creo que esa tendencia decorativista sea en absoluto superficial” (y, por tanto, tampoco parece probable que sea efímera. Nadie renuncia a hacer lo que tiene al alcance de la mano a costes razonables).
Además, el más seco de los minimalismos es tan banalizable, tan susceptible de ser pasto de fashion victims como la nueva mirada hacia la artesanía que impregna buena parte de lo mejor del último diseño. Esa sí que es una tendencia de verdad, y no movida precisamente por la nostalgia, sino por la necesidad de innovación. Lo explica muy bien Michele de Lucchi unas pocas páginas más atrás: ya hay suficiente miedo en el aire como para que el diseño añada aún más. En inglés, shrinking también significa achantarse. Y es radicalmente falso que el mejor diseño que se produce ahora mismo invite precisamente a recular.
José María Faerna
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