Número 232

Ignacio Valero
Pues para mí el tema está muy claro: es sólo una operación comercial conveniente para los fabricantes y que traslada una imagen de ecológica de los gobernantes. Permíteme argumentar un poco: Para empezar, lo que se prohibe es la comercialización de la bombilla. ¿No bastaba con limitar su uso en según qué aplicaciones? ¿O con elevar la exigencia de eficiencia energética, de modo que hubiera caído naturalmente en desuso en la mayoría de las situaciones? Pues no, parece que no bastaba y se prohibe su comercialización. Pero es una medida muy discutida.
Por oportunista: sólo se plantea en países desarrollados, donde ya estaba en franco retroceso, no en los países en vías de desarrollo, donde más se consume.
Por inconsistente: sólo se plantea prohibir la comercialización de la bombilla, pero no la de las lámparas halógenas, con idéntico principio de funcionamiento y baja eficiencia. Ya se fabrican halógenas con forma de bombilla listas para hacer el cambio. Eso si, la humilde bombilla vale 0,50 € y estas halógenas de sustitución 3 €
Por una dudosa eficacia energética: la sustitución se plantea preferentemente por fluorescencias compactas, pero estas lámparas tienen una cualidad en su funcionamiento, y es que consumen "energía reactiva", que a efectos prácticos significa que su consumo real es mucho mayor que el nominal y que una sustitución masiva de estas lámparas generaría problemas reales en las redes de alimentación.
Por su dudosa eficacia medioambiental: no tenemos datos del coste energético de fabricación ni de reciclado de las lámparas fluorescentes, pero sabemos que son mucho más elevados que los de las incandescentes. Solo tenemos unas tablas simplistas de equivalencias, bastante manipuladas, durante el periodo de vida útil. Está pendiente un estudio real e independiente que evalúe la huella de CO2 de una lámpara de cada tipo desde su fabricación hasta su reciclado. Nos llevaríamos sorpresas.
Por el problema del residuo: las incandescentes son inocuas para el medio ambiente, aunque acaben en un vertedero. Las fluorescentes en cambio, todavía tienen pequeñas cantidades de mercurio y no tenemos organizado el sistema de recogida selectiva. En oficinas e industrias, con reposiciones programadas y realizadas por electricistas, se puede proceder al reciclado de las mismas. Sin embargo, un uso masivo de ellas, especialmente en entornos domésticos, introduciría toneladas de mercurio en el medio natural.
Porque su incidencia global es muy reducida: hay estudios muy interesantes del desglose de consumos energéticos en entornos domésticos. En los casos más desfavorables, el consumo de luz llega a poco más del 20%, justo igual que... ¡la plancha! Si todos dejamos de planchar, ahorramos la misma energía que si no encendemos ninguna luz. ¿Lo hacemos? El problema es que cambiar bombillas anima el consumo y la industria. Dejar de planchar, no.
Por la calidad de luz: es la única luz que tenemos de espectro continuo.
Por sentido común: hay mejores formas de ahorrar como son el realizar un buen diseño de luz que dirija ésta sólo a donde se necesita, el uso de sistemas de control que optimice el funcionamiento, una cultura real de utilización de luz natural, etc. Por su valor cultural: es un icono. Cuando alguien quiere hacer el pictograma de una idea dibuja una bombilla.
Estos y otros muchos argumentos los puedes ver en www.savethebulb.org
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