Número 232

CÓMO ACABAR DE UNA VEZ POR TODAS CON EL 'DESIGNART'
Hace años todos los países ampliaron sus aguas territoriales a doscientas millas, y en estos tiempos todas las actividades intentan ganar para su jurisdicción terrenos distintos de los que se les suponían habituales. La arquitectura se busca a sí misma más allá –y también más acá– de los edificios, como proclama la presente Bienal de Venecia; la novela se apodera de la crónica y de las memorias, y se convierte en relato real y autoficción; las artes plásticas hace décadas que desbordaron lienzos y mármoles para tomar posesión de las pantallas de vídeo, de las escenas parateatrales, del cuerpo del artista y de la cocina de los mejores chefs. El diseño es ya de origen una cosa híbrida, un oficio que trabaja desde siempre con herramientas tomadas en préstamo a otros con más ínfulas –los artistas, los ingenieros–; pero tampoco se sustrae a esa feliz ampliación de aguas territoriales signo de nuestro tiempo. En su caso, esos gustosos tocamientos se resumen en uno: mejorar la calidad, la intensidad comunicativa y emocional de los objetos de uso aprendiendo, por decirlo así, de los objetos de arte y apropiándose entonces de algunas de las características que solíamos considerar propias de ellos.
Pues bien, este mediterráneo tan antiguo como el diseño mismo y que tan estupendos frutos ha dado –desde las lámparas de Tiffany y las bocas de metro parisinas de Guimard a los tagged environments de El Ultimo Grito– acaban de descubrirlo cuatro panolis que –devanarse los sesos se le llamaba a eso antiguamente– han puesto en circulación el muy ingenioso término “designart”. Lo que ese nombre tan ocurrente y tan posh oculta no es otra cosa que una coartada grosera para animar el más ficticio y posmoderno –en el sentido en que es una realidad que se alimenta a sí misma, sin correlato plausible con nada que pueda calificarse de manera fiable como real– de los mercados: el del arte. El juego consiste en una suerte de fabricación de objetos contemporáneos que el mercado trata como si fueran antigüedades: puro matute, arte subprime, activos tóxicos donde los haya. Ana Domínguez cuenta un caso de libro en el post de la última página. El procedimiento invierte –y pervierte– la lógica según la cual la pieza única y la edición limitada son fraguas donde saltan chispas que, con suerte, a veces prenden hogueras y generan explosiones.
La de esta mandanga cuyo nombre no repetiré más viene a provocar explosiones nucleares para obtener una chispa que poder vender en el mercado a precio de calavera de Damien Hirst, esa especie de George Soros del mercado del arte que, en perfecto bucle, lo deja con las vergüenzas al aire al tiempo que se hace de oro. Afortunadamente no parece que corramos peligro de que los gobiernos del mundo se conjuren para inyectar dinero del contribuyente en las galerías contaminadas por esa cacharrería averiada. Lo peor es la interferencia banalizadora que suponen en el genuino y enriquecedor magreo que el diseño, el arte, la industria y
la artesanía sostienen desde siempre, pero sobre todo en el que sostienen en este preciso y crítico momento, cuando la informática y las nuevas técnicas permiten formar parejas antes incompatibles (producción seriada y objeto personalizado, por ejemplo). Por la vía del diseño subprime a lo más que se llega es al bibelot trendy. (Que, por cierto, no es precisamente el cruce irónico y emotivo de bibelot con menaje doméstico practicado con maestría por Mendini o Giovannoni para Alessi, a quienes aprovecho para rescatar de la lóbrega mazmorrra donde los ha enviado –a los dos últimos– de un solo mandoble justiciero e inmerecido nuestra muy torrencial Ana Domínguez –¿o era Amy Winehouse?– en el texto antes citado).
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