Número 232

CÚPULAS Y ROSQUILLAS
En las últimas semanas hemos visto, oído y leído –esto último menos; el vértigo de la escritura filtra algo mejor la estupidez que el género audiovisual de la tertulia-gallinero– al turbión habitual de charlistas semicultos arremeter furiosos contra la cúpula pintada por Miquel Barceló en el Palais des Nations de Ginebra por encargo del Gobierno español. Dineros escamoteados a los negritos que tienen hambre y frío, pago de favores a artistas amiguetes y demás casquería fina, ya se hacen cargo. No es mi trabajo desmontar ese tipo de bobadas así que no seguiremos por ahí, pero llama la atención que por estos pagos todavía dé juego acusar al contrario de comer niños crudos. Casi tanto como la facilidad para confundir el derecho de todo el mundo a tener y manifestar sus muy personales gustos en materia artística con la grosería de sentar cátedra sobre asuntos de los que no se tiene puñetera idea.
Hay muchos elementos de interés en la actuación de Barceló en Ginebra. Nadie en la escena artística internacional es capaz de actualizar de manera tan eficaz la vieja función decorativa de la pintura, de rivalizar con los grandes frescos ilusionistas del barroco sin marcharse ni por un momento del siglo XXI. Para los que nos gusta la pintura –últimamente volvemos a salir poco a poco del escondite, eso dicen– aquí hay mucho con lo que entretenerse, pero yo quería llamar la atención sobre la cúpula de Barceló como operación de interiorismo. Los promotores han insistido –aunque nadie haya reparado en ello, nunca se supo de argumentos que remontaran la briosa corriente biliar del tertuliano semialfabeto– en que el presupuesto no sólo ha pagado los honorarios de Barceló y el coste de su trabajo, sino toda la rehabilitación de la sala: mobiliario, instalaciones de última generación en materia de comunicaciones y servicios de conferencia adecuados para una dependencia importante de un organismo internacional. La cúpula de Barceló no es un proyecto de interiorismo en el sentido convencional del término –de hecho no es en absoluto un proyecto, algo cuya ejecución material corre normalmente a cargo de otros distintos a sus autores; sobran testimonios gráficos de Barceló con el mono y las manos en la masa–, pero ilustra perfectamente lo que el interiorismo puede conseguir y revela algunas estrategias insólitas para hacerlo.
Por esas mismas semanas y con mucho menos eco mediático –aquí no hay fragor de tertulias, vaya por Dios–, Alejandro Zaera dejaba al descubierto las tripas palpitantes de la arquitectura espectáculo con su renuncia al proyecto del Instituto de Medicina Legal en el Campus de la Justicia, ese afanoso empeño de traer un trocito de Dubai a las afueras de Madrid encarnado en quince edificios con forma de rosquillas hipertecnológicas diseñados por grandes nombres. Un simple vistazo a la web oficial (campusjusticiamadrid.es) deja claro lo que se ofrece: resolver los problemas de la Justicia con la Arquitectura. Como eso es más bien improbable, queda igualmente claro lo que se pretende: poner en marcha una característica operación de arquitectura espectáculo de la que sus promotores –la Comunidad de Madrid– esperan obtener los réditos políticos y representativos correspondientes. Pero claro, la arquitectura espectáculo vale (mucho) dinero y ahora nadie se lo quiere o se lo puede gastar. Aquí parece que están dispuestos a hacer el esfuerzo en algún que otro proyecto –Foster, quizá Zaha Hadid–, pero no en el de Zaera, que con su abandono no hace más que seguir prudentemente la lógica que dice que se pueden hacer buenas películas con poco dinero, pero si lo que quieres es La guerra de las Galaxias o tiras la casa por la ventana o haces el ridículo. Quizá ahora se entienda mejor esa afirmación aparentemente provocadora de Aaron Betsky sobre los edificios como tumbas de la arquitectura. Quería decir que es más inteligente salir en los papeles por una sola sala que por una quincena de edificios. Y mucho más barato, dónde va a parar.
José Mª Faerna
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