Número 212


PAISAJE VERTICAL URBANO: CÓRDOBA ENTRE MEDIANERAS
Ahora mismo las medianeras del Teatro Cómico y la Real Academia de Córdoba parecen haber encontrado consuelo. Tras varios años mostrando la imagen del derribo, ahora en sus fachadas vuelan los sueños y recuerdos de una artista, Raquel Gómez Dueñas, La buena y la mala, que pasó su infancia entre las calles de esta ciudad andaluza. Materializados en planchas de acero, varillas de hierro y alambre recocido, con los que crea móviles, esculturas y dibujos, estos sueños fueron los ganadores del concurso Paisaje Vertical Urbano, que convocó Surgenia para modificar el ambiente urbano en este espacio condicionado por el derribo (y sus estragos) del Asilo de Jesús Abandonado. La niña saltando a la comba o el gato haciendo equilibrios se encaramaron a estas medianeras el pasado noviembre y allí permanecerán hasta que se construya en el solar abandonado.




El jurado valoró varios aspectos del proyecto de La buena y la mala, entre ellos, la facilidad de montaje, la adecuación de los materiales y la relación con Córdoba. En este último punto no estaba sola. Córdoba se intuía, o se dejaba ver claramente, en varios de los proyectos (en total hubo 40 propuestas). Boa Mistura, por ejemplo, optó por una bailaora y un guitarrista tatuados y congelados en el tiempo sobre un fondo dibujado a partir de un motivo de la Mezquita de Córdoba.

Las macetas de los patios de Córdoba aparecen en la propuesta de Arturo Lacal, pero con una diferencia significativa: están vacías. Y lo están porque quieren denunciar el derribo de un edificio histórico, el asilo, y la desidia del abandono. También la maceta protagoniza el proyecto de Salomé Ayuso y Azucena Barrero. Una maceta pixelada.


Del Guadalquivir que surca la ciudad y de la actividad de los dos edificios medianeros toma la inspiración Antonio Moreno Gómez con sus 5 tablas . Con ellas procura unir visualmente los dos inmuebles creando un espacio conjunto de intercambio de arte. Las tablas acogen fotografías genéricas de lo que ocurre en los edificios y sobre ellas se pueden proyectar palabras. La idea: que la cultura fluya como lo hace el agua en el río.

En la propuesta de Federico Gómez, que se basa en el trampantojo, se toman varias zonas de la ciudad, se jerarquizan y terminan dotando a los espacios intercambiados de un nuevo contexto, físico y de escala.

También había constantes referencias y reflexiones gráficas sobre el derribo y el abandono. Las macetas de Lacal eran una de ellas, pero también indagaban en los no-lugares y sus huellas arquitectónicas Electricistas, de Antonio Blázquez y Azahara García Galot;

mp5, que pensaba en cómo devolver la energía a una zona de la ciudad destruida y en espera de ser reconstruida. Lo tiene claro, la ciudad necesita muchas manos, se debe comportar como lo hace un un sistema eléctrico.


Rogelio Galvín, con sus dos niños jugando a las construcciones, intenta derribar –aunque sólo sea visualmente– el muro que no permite que el ciudadano haga suyo un espacio en desuso.


Fernando Sendra por su parte aborda la idea de la ruptura en la ciudad remediándola con una escena que supera la superficie plana de la medianera y le da otra dimensión. Además, aprovechando que se trata de intervenir sobre el teatro, aborda el tema de la inspiración en esta recreación de un momento que pudo ocurrir en el edificio que ya no existe.

La de Javier Buron y Magdalena Sánchez Mora es una intervención que incorpora al ciudadano y lo hace atravesando el muro del solar con catalejos que miran hacia las medianeras. Éstas serán los lienzos donde constantemente se renovarán notas sobre la actividad cultural de la ciudad.

La historia que cuenta Nicolás Rodríguez tiene tintes ecologistas, por eso su protagonista es una ballena con su zeppelin.


Este concurso nos ha parecido tan buena idea y sus respuestas tan interesantes que le hemos dedicado la Intro de nuestro próximo número: Diseño Interior 211, que en pocos días estará en el quiosco.
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